El Hablar de Jesús

 Alfonso Osorio



Nuestras Palabras hacen vivir o morir, por ello es tan importante cuidar nuestra forma de hablar. ¿Cómo hablaba el Señor? Si podemos esforzarnos un poco en acercarnos a su manera de hablar veremos trasformar nuestras vidas y las de los que nos rodean.

Mateo 12:37 RVR60

37 Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.

Santiago 3:2 RVR60

2 Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo.

 

Después de treinta años de preparación, Jesús fue expuesto a la vista pública para que todos viesen la hermosura de su vida perfecta. Se nos ha dado el retrato desde cuatro ángulos (los cuatro Evangelios). Probablemente la primera cosa que nos impresiona de otras personas es su manera de hablar. Podemos notar su sonrisa o sus gestos. Podemos reaccionar ante su vestimenta o ante algún hábito, pero generalmente lo que importa es lo que dicen y la manera en que lo dicen. Y Santiago nos dice en los versículos anteriores algo que seguramente vio de cerca de su hermano, su Señor y Salvador Jesucristo.

No hay duda de que cuando Jesús habló, produjo el impacto más extraordinario sobre las personas, tanto individualmente como sobre las multitudes, y de la misma manera sobre sus amigos como sobre sus enemigos. 

Por ejemplo, los alguaciles del Templo fueron enviados a arrestar a Jesús; éstos probablemente eran hombres armados y más que capaces de llevar a cabo su comisión, pero regresaron a sus superiores sin Él, diciendo como excusa: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:32; 45, 46). Ellos vinieron a arrestarle con espadas; Él los arrestó con palabras. 

¿Cómo era que hablaba que aún hombres armados desisitían al escucharle?


1. AUTORIDAD

Mateo 7:28–29 RVR60

28 Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina;

29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.

Lucas 4:32 RVR60

32 Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad.


Al final del Sermón del Monte, Mateo nos dice que Él hablaba de tal manera que nadie podía refutarlo. Tenían que creerle o crucificarle. Sus Palabras eran tan verdaderas, genuinas, respaldadas por una vida que las practicaba y que desde su niñez nadie lo podía negar.

En Ocasiones nosotros necesitamos, adornarnos, fingir, o impresionar para dar algún peso a nuestras palabras. La autoridad de Jesús estaba en la verdad de lo que él decía, que nadie podía señalarle o desmentirle o contradecirle, ¡Cuánta verdad hablaba! . Éste debe ser nuestro modelo:

Hechos de los Apóstoles 4:13 RVR60

13 Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.

Hechos de los Apóstoles 6:10 RVR60

10 Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba.

Lucas 21:15 RVR60

15 porque yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan.


Tenemos que pensar bíblicamente para poder hablar bíblicamente. ¡Esto no significa que sólo debamos usar palabras de la Biblia! Cuando la ocasión lo demandaba, nuestro Señor citaba las palabras reales del Antiguo Testamento. 

Toda su enseñanza, ya fuera citando las Escrituras o no, estaba en perfecta armonía con su vida; conocía su Biblia y estaba capacitado por el Espíritu Santo para usar ese conocimiento con un efecto poderoso.

De todo lo que hablamos ¿Cuánto es verdad? ¿Cuánto es ficción por no decir mentira?

¿Con cuánta frecuencia hablamos la Palabra de Dios? Si nuestra vida tuviera más Palabra de Dios y concordara lo que hablamos con lo que vivimos, seguramente impactaría como la vida de Cristo lo hacía a todos los que escuchaban sin necesidad de exagerar, o llenarnos de orgullo o egocentrísmo.


2. PALABRAS DE GRACIA

Salmo 45:2 RVR60

2 Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; La gracia se derramó en tus labios; Por tanto, Dios te ha bendecido para siempre.

Este salmo se cumpliría en Jesús, así que no nos sorprende que después del discurso de Jesús en la sinagoga de Nazaret Lucas dijera esto de él:

Lucas 4:22 RVR60

22 Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?


Esto se refiere no sólo al contenido de aquel discurso sino también a la manera en que lo pronunció. Esto no significa que Jesús diluyera la verdad o que se desviara de ella para agradar a la gente. De hecho, fue tan veraz que al final esto hizo airarse a la gente, e intentaron matarle (Lucas 4:22–29).

La amabilidad consiste en amar a quién hablas y tus palabras están impregnadas de cortesía, amor, humildad y transparente sinceridad. Cuando Jesús impartió enseñanza bíblica en el Templo: “gran multitud del pueblo le oía de buena gana” (Marcos 12:37), traducido en la Biblia de las Américas como: “la gran multitud le escuchaba con gusto.” Una persona que habla con gracia tiene siempre en su corazón el bien de los demás y no su sufrimiento. El tono mismo de la voz de nuestro Señor fue reconocido por María la mañana de la resurrección (Juan 20:16).

El hablar con gracia no calumnia, ni maldice, ni contiende, ni miente; por el contrario es amable, pacificador y razonable  (Santiago 3:17). 

La gracia no es falsa, no implica adulación ni una melosidad que busca adular para obtener.

Este es el ejemplo de Jesús que nosotros debemos seguir:

-Hablemos la verdad en amor (Efesios 4:15 LBLA) 

-Que sea nuestra “palabra siempre con gracia, sazonada con sal” (Colosenses 4:6). La sal resalta el sabor: ¿realmente quieren escucharnos las personas o simplemente están siendo corteses? La sal previene la corrupción: la meta de nuestra habla, como lo fue la de nuestro Señor, es hacia el bien de los demás. Cuando nuestro Señor vio que algunos de sus seguidores le abandonaban, preguntó a los doce discípulos: “¿Queréis acaso iros también vosotros?”, a lo cual respondió Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:66–68). Esto fue cierto de Jesús en un sentido único; y sin embargo, nosotros también podemos ver que las personas son atraídas a Cristo por medio de nuestra habla con gracia.


3.INTEGRIDAD

La Biblia habla de Jesús que no habría “engaño en su boca” (Isaías 53:9), 

Jesús fue el ejemplo perfecto de su propia enseñanza en Mateo 5:33–37. 

Nunca fue culpable de exageración o de doble lenguaje. Siempre fue honesto. 

¡Cuán propensos somos nosotros a exagerar para nuestro propio beneficio, y con qué facilidad permitimos que la deshonestidad se deslice en nuestra conversación! Cuando narramos eventos en nuestras vidas o discutimos con otras personas, o supuestamente abogamos por lo que otras personas dicen o creen, a veces tenemos una doble intensión o doblez.

No nos tomamos seriamente la advertencia de Jesús en Mateo 12:36, 37 de que seremos juzgados por nuestras palabras. 

Cuando Isaías vio la gloria de Jesús, su primera reacción fue: soy un “hombre inmundo de labios” (Isaías 6:5). 

“SEÑOR, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios” (Salmo 141:3 LBLA).

Cuando estamos bajo tensión mental o con dolor físico, es cuando perdemos el control de nuestras lenguas. Sin embargo, aun cuando Jesús soportó juicios injustos y la más terrible agonía en la Cruz, nunca utilizó un lenguaje amargo o indigno. Lo que se dijo de Job puede decirse de Jesús con mayor seguridad: “En todo esto no pecó Job con sus labios” (Job 2:10).

¿Cuánta integridad se desliza de nuestros labios?

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